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La respuesta está en mí

 

 

Ahí estaba Susana, de pié, a la entrada de esa enorme caverna, mirándola con bastante respeto.

Me siento tan pequeña. Espero tan sólo encontrarlo -dijo Susana con admiración y bastante valentía.

Por otro lado, a 7 kilómetros de ahí, estaba Susana parada sobre la saliente de un acantilado al que ni siquiera las cabras montañesas se atrevían a ir. Inmóvil, tan solo su cabello se movía agitadamente por el viento que continuaba esculpiendo las rocas de aquél lugar. Se veía a ella misma entrando en la majestuosa boca de montaña, notaba el contraste entre su diminuto tamaño y  el de la titánica cueva. Una leve sonrisa se dibujó en su aireado rostro. Susana tenía confianza en ella misma.

Se incorporó, y moviendo con seguridad sus pies, continuó adentrándose. Poco a poco la luz se fue atenuando hasta que tan sólo podía ver hasta donde sus manos llegaban, al poco tiempo ni siquiera eso. Entonces, enfocó su atención en una luz naranja que brillaba en el fondo de la caverna. ¡Ahí está, con él quiero ir!

No necesito ver por donde piso pues en mi mente tengo el camino, cerraré mis ojos. El destello azul que irradian las rocas es impresionante, me siento muy segura aquí adentro, este es mi lugar. Quiero un precipicio aquí, tan hondo que llegue a lo profundo de la tierra, y un puente de madera que me lleve al otro lado. Exacto ¡así! Me voy acercando a mi luz naranja, a mi fogata de la sabiduría universal.

Siguió acercándose más y más a su objetivo. Decidió desincorporarse de ella para apreciar el panorama: quería ver el puente atravesando el precipicio desde otra perspectiva, así fue.  Emergió como parte de la caverna, y al igual que todo lo que se podía ver, ella irradiaba una luz azul, sólo que más brillante, se podía apreciar el contorno de su silueta fundida en la pared de la cueva, parecía que ella misma era la enorme cueva. Desde ahí apreció el majestuoso paisaje: muy a lo lejos veía un largo puente que colgaba firmemente de dos grandes pilares, uno en cada extremo del precipicio. En medio estaba ella, muy pequeña se veía desde aquí, y sin embargo, acercó tanto la vista que notó sus ojos cerrados así como aquella sonrisa que anteriormente estaba plasmada en su rosto sacudido por el aire. Susana tenía confianza en ella misma.

Decidió incorporarse y continuar su viaje hacia la fogata.

¡Ya lo puedo ver, por fin hablaré con él!, tengo tantas dudas, tanto que preguntarle.

Susana cruzó el puente y llegó a su destino: era una pequeña explanada en donde se encontraba “él” sentado al lado de una fogata, cubierto por una manta negra que impedía ver su cuerpo, manos, pies y rostro.

Maestro. –Le dijo Susana mientras se sentaba a su lado.

Guardo silencio durante algunos minutos fijando su mirada en la luz hipnótica de aquella fogata, por fin decidió preguntarle tan solo una cosa: “¿Qué acción puedo realizar el día de hoy para que sea un extraordinario día?” Esperó paciente su respuesta hasta que la escuchó. Estaba atónita con lo que había oído, era sencilla y poderosa a la vez, realmente la podía llevar a cabo. Era justo lo que necesitaba escuchar.

Le agradeció a su maestro y se puso de pié, quería regresar. Decidió volar hasta la entrada de la cueva y al llegar contó hasta diez, movió los dedos de sus pies, de sus manos y lentamente abrió los ojos para regresar a la sala en donde estaba sentada.

¡Esto es maravilloso! –pensó, mientras tomaba la pluma que había dejado preparada y apuntó en el papel lo que su maestro le había revelado.

Aquel día fue, efectivamente, un extra ordinario día para Susana y desde entonces, regresa con su maestro cuando así lo desea.

 

Vicoach.

29 septiembre 2010

 

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